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Los gritos del joven resonaban en la ruinosa torre, situada en las afueras de Barovia.
Las súplicas de clemencia se transformaron en ruegos cada vez más estremecedores por una muerte
rápida; llenaban las chimeneas del torreón como rachas de aire y salían a la atmósfera nocturna
como débiles gemidos encantados. Los escaos campesinos que vivían en las cercanías habían escuchado
sonidos mucho más aterradores entre las ruinas y no se sentían alarmados en esos momentos. Al
fin y al cabo, eran barovianos, y las noches de terror formaban parte de su vida cotidiana.
Los que oyeron los lamentos se limitaron a reafirmar las trancas de las ventanas, a conciliar
el sueño lo mejor posible y a dar gracias a sus dioses porque no eran ellos quienes gemían en
la torre. -Extraído de "El caballero de la rosa negra", de James Lowder ![]() |
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